—Á ver qué es lo que te ocurre,—le dijo al acercarse á él.
Y Quilino quieto y mudo, y cada vez más encogido y tembloroso. Chocándole ya esto á don Elías, le arrimó la luz á la cara con una mano, y con la otra le apartó un poco el pañuelo que le tapaba la boca. Quilino lanzó entonces un quejido, y el médico vió que tenía los carrillos muy inflados y que había sangre entre los labios comprimidos. Se alarmó don Elías y corrió á buscar una palangana y agua fresca. Volvió al minuto con una de zinc roñoso y un jarro, y halló á Quilino descuajaringado en una silla.
—¡Echa aquí lo que sea!—le dijo con imperio, poniéndole la palangana debajo de la barbilla.
Pero Quilino miraba al médico con ojos de espanto, y no le obedecía.
—¡Échalo te digo!—insistió don Elías.
Y Quilino cada vez más angustiado y más rebelde.
Entonces el médico posó el jarro en el suelo, y con la mano libre empujó por el cogote á Quilino, que aún se resistía, diciéndole al mismo tiempo:
—¡Te digo que lo eches... aunque resulte la asadura!
Con este zarandeo le vino un golpe de tos al paciente... ¡y allá va eso! Un tercio de la palangana llenó. El infeliz Quilino cerró los ojos por no verlo, y comenzó á palidecer. Don Elías no estaba mucho más sereno.
—¿Es del arca, por si acaso?—le preguntó alarmado.