Quilino dijo que no con la cabeza, y al mismo tiempo señalaba con la mano al carrillo derecho.

El médico entonces le dió el jarro con agua y le dijo que se enjuagara bien. Hízolo Quilino á duras penas, porque estaba pálido y temblón como hoja de otoño que se cae del árbol; y en seguida, dejando don Elías la palangana y tomando la palmatoria, arrimó la luz á la boca de Quilino y díjole:

—Ábrela bien... ¡Más, si puedes!... Baja un poco la lengua. ¡Ajajá!... Ya veo el manantial... ¿Tenías cabales las muelas de esta quijada?

Quilino contestó que sí con los ojos.

—Pues no te faltan más que dos á la hora presente.

—¿No hay dá que hueso cascao tamién?—preguntó Quilino con voz enfermiza, después que el médico sacó los dedos de la boca.

—Abre otra vez, y lo veremos.

Palpó y miró el médico bien despacio, y no halló señales de lo que temía Quilino; pero sí dos hondas heridas en el carrillo.

—Pero ¿cómo fué eso, hombre?—le preguntó mientras se limpiaba los dedos con el pañuelo.

—Pos de una sola guantá,—respondió Quilino, más tranquilizado y después de escupir el último buche de agua sanguinolenta.