—¿Á mano limpia?
—Á mano limpia.
—¡Vaya una mano de órdago!... Y ¿de quién es ella, si puede saberse?
—Del Josco.
—Claro: de uno así tenía que ser... Y ¿cuándo, dónde y por qué fué ello, hombre de Dios?
—Es largo de contar eso, señor don Elías.
—Entonces, cállalo, y perdona la curiosidad.
—No hay que perdonar ni pa qué callarlo, porque las maldaes ¡recongrio! deben de conocerse por los hombres de bien.
—Corriente. Pero antes de empezar, toma otro par de buches de agua, mientras yo te traigo un vasito de vino para que te confortes por adentro... ¡Ah! y por si me olvido de decírtelo después: cuando vayas á casa, te enjuagas unas cuantas veces del mismo modo, y mejor si mezclas el agua con un poco de vinagre... y cosa concluida.
Salió don Elías muy diligente en busca del vino, porque eternidades le parecían ya los minutos que tardara en oir el relato prometido; enjuagóse el contundido mozo; y para salir de una duda que le estaba preocupando mucho, metió los dedos en la palangana y los paseó vuelta y media por el fondo. En seguida dió con lo que buscaba. Las dos muelas estaban allí.