—¡Las dos, recongrio! ¡Enteras y verdaeras!... ¡Lo mesmo te he de sacar yo á tí los hígados el día que te coja á mi gusto! ¡Lo mesmo, recongrio!

Con esta jaculatoria entre dientes y las dos muelas en la mano, le halló don Elías al volver á la sala con un cortadillo de vino tinto sobre un plato de loza muy cuarteada...

—Échate esto al coleto, poco á poco—le dijo.—Pero, calla... ¡esas son tus muelas! ¿Dónde las tenías, hombre?

—Estaban aquí,—respondió Quilino señalando á la palangana.

—Con sus raíces enteras, limpias y campantes; ¡como no las arranco yo mismo con la llave inglesa!... ¡Y cuidado que la una es de las de tres patas!... ¡de las más negras de arrancar!... ¡Vaya un empuje de brazo!

Después de hablar así, y viendo que Quilino se guardaba los huesos en el bolsillo repicoteado de la blusa, arrojó el contenido de la jofaina por el balcón.

—Éstas se las ha de tragar él angún día, ¡recongrio!—decía Quilino mientras guardaba las muelas y de modo que le oyera don Elías.

Oyólo, en efecto; y al mismo tiempo que vertía agua limpia en la jofaina para esclarecerla, lavándose de paso los dedos en ella, anotó lo dicho por Quilino de este modo:

—Bien está ese propósito en un hombre de tan buenas agallas como tú; pero, por de pronto, ten mucho cuidado con no darle antes motivos á él para que vuelva por las que te dejó en la boca esta tarde.

—¿Á mí?—respondió Quilino contoneándose en la silla, después de beberse lo poco que quedaba en el vaso.—¿Á mí arrancarme él otra muela más, ni medio diente tan siquiera!... ¡No me conoce usté, don Elías!...