El cual acabó su tarea en dos voleos; sentóse junto á Quilino en seguida, y le dijo:
—Cuenta ahora todo lo que tienes que contarme.
Quilino comenzó por echarse el hongo hacia atrás; luégo encendió un cigarro; después se palpó el carrillo derecho, que se le iba hinchando bastante, y por último habló así:
—Yo tenía cuentas pendientes con el Josco... porque quizaes sepa usté que Pilara me tiene, de meses acá, á resultas de lo que él hable, y nunca acaba de hablar.
—Estoy enterado, ¡perfectamente enterado de eso!—dijo el médico con el mismo aplomo que si fuera cierto lo que afirmaba.—Adelante.
—Pos güeno—prosiguió Quilino palpándose la hinchazón, que no le dejaba pronunciar las palabras con la soltura de costumbre:—hubiendo esas cuentas entre los dos, yo he tratao de ajustalas muchas veces... ¡Recongrio! ¿quién se atreve á sosteneme á mí que no está muy puesto en razón esto que yo quiero?... Y queriéndolo así, yo he tratao del caso las miles de veces con Pilara; y Pilara en sus trece: que vente mañana y que güélvete otro día... Yo tengo mi porqué, anque no sea mucho; el Josco, ni tanto siquiera... ¡Recongrio! con esto solo estoy en derecho de llamame á la parte en casos como ese... ¿Qué hay que decir en contra?... Quisiera yo oirlo... ¡Quisiera yo oirlo, recongrio!
—No hay que acalorarse, Quilino, no hay que acalorarse—interrumpió el médico con gran formalidad.—La razón es tuya, no se puede negar. ¿Y la familia? ¿Sabe algo de ello? ¿Te recibe bien?...
—¡Recongrio! ¡Pos podía no!... Vamos al punto. Estando así las cosas, la otra tarde, en la ré, tuvimos unas palabras yo y el Josco; y no hubo allí una trigedia, porque mos desapartaron... Esto me enconó la sangre; y por la noche juime en cá Pilara pa dejar de una vez pa siempre aclarao el sí ú el no; y ¡recongrio! malas penas entro en el portal onde estaba toa la gente de la casa, cuando cata al Josco como llovío de las nubes y sin querer pasar más aentro de las goteras, y cata á Pilara, que andaba roncerona conmigo, arrimándose á él hecha unas mieles... ¡Recongrio! ¡esto era una somostá pa mí! Por tal la consideré, y juime pa casa por no ver aquello. Pero yo estaba en razón quisiendo saber si el Josco había hablao ú no había hablao aquella noche. ¿No es esto la pura verdá, recongrio?
Don Elías respondió afirmativamente con un gesto.
—Pos pa sabelo—continuó Quilino,—me abajé al otro día, muy de mañanuca, á Las Pozas. No pasé del Portillo, porque allí consideré, pensándolo mejor, que quien tenía la obligación de aclarame el caso, era Pilara... Güelta pa el barrio de la Iglesia. Me planto en la juenti aonde ella suele dir á aquellas horas; y espera que espera, Pilara no venía. Aborrecíme; y pensando que ya me echarían de menos en casa, á casa me golví. Dende aquel punto y hora, el diablo paece que me la enculta, porque no he podío dar con ella... hasta esta tarde en el corro; y no era cosa de ajustar esa clase de cuentas allí. Pero la bailé tres veces, y ¡recongrio! pior que pior; porque si dende lejos me alampaba por ella, acercuca, acercuca y viendo retemblale las gorduras, es cosa de... ¡Recongrio, qué grandona es y qué maja!