—¡Buena mozona está de veras!—dijo aquí el médico, y no por complacer á Quilino solamente.
—Le digo á usté, don Elías, que es pa perdese un hombre, ¡pa perdese, congrio!—exclamó hecho una pólvora Quilino;—y eso es lo que me ha pasao á mí... ¡Y luégo le dicen á uno que si va por esto ú por lo otro, y no por el puro personal de ella! ¿De qué será la sangre de esas gentes, recongrio? ¿De qué pensarán que es la mía?... Pos á lo que voy: estando en esto, ahí viene el Josco, que de pascuas en San Juan se le ve una vez en el corro de este barrio; y viniendo el Josco, bien portao de ropa, porque la tiene pa esos casos; pero más jarisco y resecón que lo jué nunca, ¡sacabó el mundo pa Pilara, que ya no tuvo ojos pa mirar si no era al jabalín de Las Pozas! ¡Y Quilino, señor don Elías; Quilino, ¡recongrio! rumiando venenos y amargores, y amarrando las iras pa no abrir en canal á aquel hombre y perdese con él pa sinfinito! ¡Recongrio, qué ratos pasé! Dempués bailó el Josco con ella... cosa que en los jamases había hecho... ¡en los jamases, congrio! Esto acabó de cegame. Quise echale ajuera en una güelta á lo alto, cosa curriente en toas partes... ¡y no se salió, recongrio! ¡no se salió ni por esas! Híceme el tonto al agravio, por no perdeme allí y á medio pueblo conmigo... y hartéme de bailar con las otras mozas.
—Bien hecho, Quilino, bien hecho. ¡Eso es ser prudente de veras!
—¡Si yo soy así, don Elías!... ¡Le digo á usté que soy así, anque paezca mentira con estas agallas que tengo, recongrio! Pos, señor, que sacabó el corro; y acabándose el corro y viendo yo que Pedro Juan iba á tomar ruta á Las Pozas, atajéle el camino por un arrodeo; y en el callejo del Hisuco, híceme el alcontraizo con él. «¿Se va pa casa, eh?» díjele yo. «¿Y cai con eso?» me arrespondió parándose de plonto. «Pos ná, hombre,» díjele yo otra vez, «hablar por hablar como entre güenos amigos.» Así escomencemos, don Elías; y hablando, hablando, el hombre jué templándose; y al ver yo que la cosa estaba en punto, díjele: «Pos yo tenía que decite dos palabras respetive á esto y á lo otro.» Y se lo estipulé finamente; sin faltale, vamos... ¡sin faltale ni en tanto así, recongrio! El hombre se quedó algo cortao en primeramente; dempués golvió á decime: «¿Y cai con eso?» Y yo arrespondí: «Pos tal y cual,» ¡siempre finamente, recongrio, y sin faltale en cosa anguna! Al último me dijo: «Que la haiga hablao ú que no, no es cuenta tuya.» «¡Hombre!» le dije yo otra vez; «que mira esto, que considera lo otro... que por aquí, que por allá,» y él que: «Déjame en paz,» y «que arriba y que abajo.» Y por este orden jué tomando auge la cosa. «Te digo por tu bien,» me dijo en remate, «que sigas tu camino en paz.» «Pos ahora es cuando hay que apretar,» díjeme yo, pensando que el hombre se encogía... Sí que arreparé que se le abajaba la color y le temblaba mucho un carrillo por arrimao á la ojalera; pero tomé el caso á favor mío; arrastróme esta fortaleza y esta entraña que tengo, y pensando aturdile, le llamé cobardón y sinvergüenza, echando al mesmo tiempo centellas por los ojos... ¡Recongrio!...
—¡Valentía fué de veras la tuya, Quilino!—exclamó el médico.
—¡Valentía?...—respondió Quilino creciéndose medio palmo.—Le digo á usté que á mí no se me conoce hasta la presente, ¡recongrio!
—¿Y qué respondió él á esa provocación tuya?
—Lo que no hubiera respondío á estar yo más sobre mí de lo que estaba. Porque yo, señor don Elías, no me alcordé en aquellos momentos de que el Josco es hombre de lunas, y que en aquel estonces podía muy bien estar con ella; y á los valientes así, el valiente que se les cuadre debe cogerlos siempre la delantera... Si yo doy en el ite, don Elías; si yo doy en el ite, ¡recongrio! detrás de las palabras va la mano, y tiene que dir la josticia á levantale esta noche en el callejo. Pero no jué así por un olvido mío, y se me adelantó él á mí, como era de esperar.
—Bien; pero ¿de qué modo se adelantó?
—Pos... con la guantá de que hablé endenantes.