—¿Sin prevenirte con una mala palabra?
—¡Ni una, recongrio! Y esa es la traición que ha de pagame sin tardar mucho.
—Y tú ¿qué hiciste?
—¿Qué había de hacer, recongrio? ¿Dióme él tiempo pa ná? ¡Si aquello jué un rayo que vino sobre mí! Sentí el golpe; resonóme aentro como si me hubieran espatarrao la cabeza con un mazo de encambar; dí cosa de tres güeltas alreguedor; y cuando vine en conocimiento, me ví solo en el callejo y sangrando por la boca. Como no sabía de qué era ni lo que podía salir por allí, apretando mucho las quijás y cerrando bien los labios, víneme de una correndera á que me reconociera usté... Pero ¡recongrio! si cuando golví en mis cabales me alcuentro cara á cara con el traidor, me pierdo, señor don Elías, ¡me pierdo, recongrio, por éstas que son cruces!...
—Pues mira, Quilino—díjole el médico, y creo que sin poner en duda las valentonadas del mozalbete,—más vale que no te encontraras con él. Es hombre el Josco de mucho puño y malas moscas; y una buena dentadura, como la que á tí te queda, no tiene precio.
—¿Y cree usté—le preguntó Quilino señalando al carrillo, que seguía hinchándose,—que esto no pasará á cosas mayores?
—Lo creo, como creo también que Pilara está muy enamorada de Pedro Juan; y lo creo porque lo sé, ¿entiendes? porque lo sé; y habiendo esto por medio, no debes tú empeñarte más en ese imposible en que estás enredado.
—¡No empeñame más!... ¡Recongrio! Primero que yo eche pie atrás sin que esto sea con su cuenta y razón, acaba medio Robleces entre mis manos... ¡Si le güelvo á decir á usté que á Quilino no se le conoce aquí entoavía, recongrio!
—¡Bah!... todo eso es pólvora de los pocos años—dijo don Elías levantándose y llevando en seguida á Quilino hacia la puerta de la sala, donde le añadió al oído y con mucho misterio estas palabras:—Mira, hombre: si quieres consolarte del fracaso de tu negocio con Pilara, yo te citaré otro de mucho más bulto. ¿Conoces á Marcones el de Lumiacos?
—¿El estudiante que ha dao en venir á Robleces toas las tardes?