—Ese mismo.

—Sí que le conozco.

—Pues ese pedantón sin vergüenza ha ahorcado los libros que estudiaba, y anda ahora á caza del gato del Berrugo, casándose con su hija, Pero ¡morruda castaña le van á dar!... Porque Inés no le traga ni á palos. Me lo ha confesado ella misma. ¡Eso es lo que se llama una calabacera de órdago! Puedes correrlo por ahí si te da la gana.

Con esto despidió á Quilino, enterándole antes de lo que debía hacer en el caso de que se le enconaran las heridas del carrillo; y en seguida llamó á sus hijas á la sala para contarlas, á su modo, quiero decir, aumentándole en más de la mitad, el suceso de Quilino con todos sus precedentes y consecuencias. Estas comidillas suplían en aquella casa por la mejor de las cenas; y cabalmente la de aquella noche fué de las más frugales de todo el año.


XII

EN QUÉ MANOS ANDABA INÉS