Jamás se supo qué hizo don Baltasar en lo del asunto que motivó el paseo marítimo recién historiado, en los días siguientes á él, ni si hizo algo siquiera; pues si lo hizo, fué por sí solo y sin que nadie se enterara de ello. Lo que no puede negarse es que faltó de casa en la primera semana más veces que las de costumbre, y que á la preocupación que le distraía, siempre que no necesitaba los cinco sentidos para consagrarlos á sus habituales tareas, se debió el que no reparara lo que sin aquel motivo hubiera reparado: en lo pegajoso que se iba haciendo allí Marcones, y en el calor con que se tomaba entre el sobrino y la tía la educación primaria de Inés.
Sólo cuando los días corrieron y tras de la sorpresa de ver á su hija muy peripuesta y repeinada, fué recibiendo otras no menos chocantes, como las de hallar su cama muy curiosa y bien mullida, sin mugre y con toalla limpia el palanganero, su ropa de uso con los botones completos y sin manchas ni descosidos, el techo sin una sola telaraña, y muy fregoteado el suelo, la mesa puesta con orden y limpieza á las horas de comer, y cada mueble de la casa en su sitio; sólo, repito, cuando todo esto y algo más á su semejanza aconteció, por la fuerza misma de las cosas volvió la atención hacia ello. Examinólo más despacio entonces; y cuando su curiosidad andaba rayando con el asombro, llamó aparte á la Galusa, que seguía con el gobierno de la casa, y la preguntó:
—¿Qué mil demonios pasa aquí? ¿Con qué se ha curado Inés tan de repente de aquella galbana que la tenía siempre como perro á la sombra? ¿Por qué se peripone y se lavotea? ¿Por qué está mi cuarto hecho unos soles, y no se ve en toda la casa un lamparón, ni una silla con polvo ni fuera de su lugar?
Toda esta descarga de preguntas recibió la pelindrusca aquélla sonriéndose con toda su bocaza, rascándose los brazos desnudos y mirando á su amo con una pascua en cada ojo; y después de hacerle desear un poco la respuesta, se la dió en estos términos, encareciéndolos mucho con el tono y los ademanes:
—Todo eso que se ve y más de otro tanto como ello, que no está tan á la vista, es obra de ese dimoño de muchacho.
—¿De tu sobrino?
—Del mesmo... ¡Le digo que paece mentira! Si tuviera los mengues en el cuerpo, no hiciera más milagros de los que ha hecho en tan pocos días... Está Inés que no se la conoce... ¿Ve usté cómo limpia? Pos lo mesmo escribe ya y saca cuentas y va aprendiendo las miles cosas que Marcos la enseña en libros. ¡Lo que sabe el mal demónchicos de él! ¡Y cómo lo cierne y lo habla y sabe ponerlo en la palma de la mano para que se vea como es debido! No, y ella no es de las que tienen por fantesía los ojos en la cara: la verdá hay que decirla siempre; y le aseguro, porque lo he visto, que en el aire pesca la endina las enseñanzas... ¡en el aire, vamos! Como que no paece sino que son nacíos pa entenderse los dos en esos particulares... y en otros muchos.
—Que tu sobrino—replicó el Berrugo en el tono de burla fría que le era propio,—la enseñe á escribir y contar y algunas cosas más de las que él sabe... á costa de quien yo me sé, no me pasma; ¡pero á ser limpia?...
—¡Pos hasta eso!... Y ¿por qué no ha de enseñárselo igualmente?
—Porque nadie puede dar lo que no tiene; y ó yo no le he mirado bien, ó tu sobrino Marcos puede llevar un plantío de berzas en cada mano.