—No las admito, señor mío—contestó el mozo quebrándose a cortesías—. Deseaba estrechar su mano de usted; acabo de verle pensativo y solo, y he elegido esta ocasión.... Y a propósito de cavilaciones, ¿va usted a hablar mañana, quizá?

—¿Mañana?... ¿Mañana, dice usted?... Hombre, precisamente mañana, no ...—respondió don Simón desconcertado, por dos razones: porque le habían leído parte de su pensamiento, y esto no le gustaba, y porque se le hacía desde luego capaz de hablar en el Congreso, lo cual le halagaba sobre toda ponderación.

—Se me había figurado, no sé por qué—añadió el intruso—. ¡Como los periodistas estamos tan avezados a discutir hasta las fisonomías!...

—¿Conque es usted periodista?—exclamó don Simón más y más satisfecho.

—Hasta cierto punto, señor de los Peñascales.

—No comprendo ...

—Quiero decir—continuó el otro, afirmándose los lentes sobre la nariz—que soy periodista de devoción, no de profesión. Más claro: mato mis ocios y mis hastíos escribiendo la parte de política palpitante en un periódico batallador. Por lo demás, por inclinación y por carrera, soy diplomático.

—¡Hola!—dijo don Simón abriendo mu cho los ojos—. ¿Agregado, quizá, a alguna embajada?

—Un poquito más.

—Secretario acaso ...