—¡Pues no faltaba más sino que yo ...! Corra usted, amigo mío; y mil gracias por tantas bondades.

—Señor don Simón ...

—Señor don Arturo ...

—Hasta la vista.

—Hasta la primera.

Marchóse el mozo, y quedóse Peñascales hecho un papanatas. Aquel encuentro le parecía providencial. Un diplomático, y diplomático soltero; un periodista que anunciaba su futura peroración y sus reuniones en proyecto, y un probable encomiador de ambas cosas en la prensa. Todo esto en una pieza y a sus órdenes. Porque ya le era indispensable echar el discurso y abrir sus salones. Cierto que el nombre del diplomático, a quien tendría que convidar a las fiestas de su casa, no le sonaba a conocido; pero ¿estaba él en la obligación de conocer a todos los personajes políticos, hoy que tanto abundan?

En esto se oyó la campanilla de marras, y un su colega de la mayoría, que, por su apresuramiento y cara de vinagre, más parecía cabo de comparsas.

—¡Vaya usted a votar!—le dijo en tono desabrido.

—¿Qué voto?—le preguntó don Simón, disponiéndose a obedecer.

—Que —le respondió el otro, pasando de largo y rebuscando ansioso callejuelas y rincones, como pastor que junta su rebaño.