—¡Cielos, si será verdad!—pensó el bolonio; y añadió en voz alta—: Usted me lisonjea, sin duda.

—No es ese mi carácter, señor de los Peñascales—respondió el tuno haciéndose el ofendido.

—Quiero decir ...—se apresuró a rectificar el primero.

—Hagamos punto sobre ello, amigo mío.

—Puesto que usted lo desea, hagámosle. Y ¿podría saber su gracia?

—Arturo Marañas; y por añadidura, andaluz y soltero.

—¡Soltero también!—exclamó don Simón sin poder disimular su alegría.

—¿Y qué le choca?

—Nada, nada—rectificó, aturdido, el candoroso diputado—; sino que, como lo decía usted a continuación de su apellido, ¡ja, ja, ja!, me hizo mucha gracia.

—¡Ja, ja, ja!... Yo soy así—dijo el diplomático siguiéndole el humor—. Como nada debo, ni nada ni a nadie temo, doy todo mi pasaporte cuando me preguntan cómo me llamo.... Pero observo—dijo, interrumpiéndose de pronto y consultando su reloj—que con el placer de estar a su lado, olvido uno de mis deberes. Así, pues, si usted me da su permiso, vuelvo a mi tribuna a tomar algunas notas sobre la sesión de hoy.