—¿Luego es cierto?

—Pshé ...—volvió a responder el pobre hombre, sonriendo de gusto.

—¡Magnífico dato para la Crónica de salones!—dijo el periodista, sacando sus avíos de nuevo y escribiendo a escape en otra cuartilla de papel.

Mientras esto hacía, admirábale más y más don Simón, no tanto por su extraño desenfado, cuanto por las consideraciones reverentes que parecía merecerle. Sin saber por qué, todo le interesaba en aquel hombre; por lo cual ardía en deseos de saber cómo se llamaba, y (¡vean ustedes qué curiosidad!) si era soltero.

Acabó de escribir el periodista, y leyó acto continuo a don Simón lo siguiente:

«Muy en breve contará la buena sociedad de Madrid con otro centro de amenidad y de elegancia. El opulento capitalista y diputado a Cortes don Simón de los Peñascales, y su distinguida familia, se disponen a recibir a sus numerosos amigos en sus espléndidos salones de la carrera de San Jerónimo.»

—¡Pero usted me compromete!—dijo don Simón, trémulo de gusto, al recibir aquella rociada de piropos-. ¿Y si no llego a dar esas reuniones?

—No habrá nada de lo dicho, y en paz. Pero ¿qué ha de hacer usted sino darlas? Los hombres ricos e ilustrados y que, como usted, tienen además una señora modelo de elegancia y de agrado, y una hija, conjunto de todos los hechizos imaginables ...

—Pero ¿qué sabe usted de todo eso?—preguntó don Simón hecho ya un caramelo.

—¿Ha podido usted acaso creer—respondió el diplomático, explotando a su gusto la candidez del diputado—que personas de la significación de usted pasan inadvertidas en ninguna parte? ¡Bah! Se le conoce a usted en Madrid casi tanto como en su provincia.