—Cabalmente son suscriptores también todos los hombres notables de la política y de la Bolsa. Sólo usted nos faltaba, como quien dice.
—En ese caso—dijo don Simón comprendiendo entonces la intención del periodista, que no era seguramente la de regalarle el periódico—, envíeme usted el recibo.
—A su tiempo, señor de los Peñascales. Con hombres como usted guarda la administración ciertos trámites de confianza. No los guardaría ciertamente con muchos de sus colegas de usted. ¡Aquí hay que tener más ojos que los de Argos!
—¡Hombre, usted exagera!
—¿Quiere usted que le trace algunas biografías? Le aseguro a usted que serán deliciosas.
—No hay para qué, no hay para qué—se apresuró a responder don Simón, como si temiera comprometerse con la oficiosa espontaneidad del diplomático; el cual añadió inmediatamente:
—Y su apreciable familia de usted, ¿se divierte en Madrid?
—Pshé.... Como todavía no conocen el terreno bien, por más que tenga muchas y buenas relaciones ...
—Cierto: faltan la intimidad de las provincias, el roce continuo, ciertas reuniones de confianza.... Y a propósito: creo haber entendido que pensaba usted dar algunas.
—¡Es usted el mismo demonio!—saltó don Simón, admirado de que también le hubiese leído su segundo pensamiento.