—A ver si es esto—dijo a poco rato el periodista, leyendo al diputado lo que había escrito.

«Dentro de algunos días tratará en las Cortes el opulento diputado don Simón de los Peñascales un asunto de vital interés para el distrito que representa. La autoridad de que, por su brillante posición social, está revestido este digno miembro de la Cámara, y el talento que le distingue, hacen creer que la discusión será una de las más interesantes que, en su género, se promuevan en la presente legislatura.»

Don Simón se quedó extático. Cuando aquel párrafo se publicara, su nombre comenzaría a sonar tan recio como él deseaba; pero, una vez publicado, adquiría el compromiso de hablar, de hablar mucho, y de no hablar mal del todo. Así es que no pudo menos de decir al periodista:

—¡Canario, canario!... Usted me favorece mucho; pero ...

—¿Cree usted que le lisonjeo? ¡Bah!... Dejando aparte que usted se lo merece, y mucho más, aquí no se gasta otra cosa.

—Ya lo observo; pero así y todo.... ¿Y cómo se llama su periódico de usted?

El Ariete.

—Muy conocido, en efecto.

—¡Oh!, de primer orden. Desde mañana lo recibirá usted en su casa.

—Tantas gracias.