—¡Ah, señor Ministro! Me juzga usted muy mal. Ya usted sabe que cuanto soy y tengo está a su disposición.
—Muchas gracias—contestó con sorna su excelencia—. Pero, felizmente, no se trata ahora de eso, sino de todo lo contrario.
—¡Cómo!—exclamó Peñascales abriendo mucho ojo.
—En una palabra, deseo demostrar a usted que el Gobierno es buen amigo de sus amigos, revelándole, en confianza, la ocasión de hacer un buen negocio.
—¡A ver, a ver!—dijo con ansia don Simón, arrimándose más al Ministro.
—Ya usted sabe—continuó éste—cómo estamos autorizados, por un rasgo de confianza que nunca agradeceremos bastante a las Cortes, no solamente para arbitrar recursos con los cuales podamos vencer los gra vísimos obstáculos que entorpecen la marcha desembarazada del Tesoro, ínterin se discuten los nuevos presupuestos, sino para decidir a nuestro gusto el cuándo y el cómo; en fin, que se nos han dado amplias facultades para contratar.
—Conformes.
—Pues bien: el Gobierno tiene ya su plan formado, su resolución hecha.
—Adelante.
—Y como usted es uno de sus mejores amigos, mis colegas y yo deseamos enterarle, antes que al público, de ciertos pormenores, a fin de que, como hombre de negocios, se prepare ... y ... ya usted me entiende.