—¡No me duermo yo sobre la paja!—observó don Simón, queriendo decir un chiste.
—Por lo demás—añadió S.E. llevándole hasta la puerta de su despacho—, excuso recomendarle de nuevo el asunto que aquí nos ha reunido, y la más completa reserva por unos días.
—En cuanto a reservado—dijo don Simón hinchándose mucho—, no es por alabarme; pero soy lo mismo que un alcornoque.
—Me consta, amigo mío—repuso el ministro sonriendo, quizás sin segunda intención.
Y nuestro diputado bajó las escaleras echando chispas. Se le figuraba que tardaba demasiado en llegar a su casa para cerrar las puertas de ella al diplomático de pega. Si el día antes hubiera hecho las averiguaciones que acababa de hacer respecto de este personaje, en el acto habría roto con él todo género de relaciones: ¿cómo no proceder así desde el momento en que estaba abocado a ser título de Castilla? ¿Qué diría la aristocracia vieja si le veía cultivando el trato de un charlatán semejante?... Pero ¿sería tiem po todavía de evitar algo que sospechaba? ¿Estaría Julieta tan resuelta como él a cortar todo trato con aquel hombre?... Pero si no lo estuviera, ¿cuándo mejor que entonces habían de servirle de algo sus derechos de padre y de jefe de familia?
En estas y otras cavilaciones, llegó a casa; tan oportunamente, que se encontró en ella al joven Arturo en íntima conversación con Julieta, mientras doña Juana se hacía la desentendida, removiendo sillas y muñecos que estaban muy en su lugar.
—Señor don Arturo—dijo sin otro ceremonial don Simón, al aparecer en escena—, tengo que hablar con usted, a solas unas cuantas palabras.
El interpelado, tan fino como siempre y no sospechando lo que iba a sucederle, tomó el sombrero que tenía sobre una silla, se levantó de la que ocupaba, y dijo al recién llegado:
-Estoy siempre a la disposición de usted.
Don Simón le condujo hasta el vestíbulo; y echando una mano al pasador de la puerta de la escalera, le dijo muy serio: