—Por lo cual no ha logrado todavía salir diputado.
—¡Ja, ja, ja!
—¿Conque no es cierto, eh?
—¡Ni con cien leguas!
—¡Qué demonio de chico!—exclamó entonces don Simón, pellizcándose los muslos.
—Recuerdo—continuó el ministro—que una vez se le dió una comisión extraordinaria, que nadie había querido aceptar, para la costa de Africa, con motivo de unos náufragos que estuvieron a punto de ser engullidos por aquellos bárbaros; y me consta que varias veces le han sido rechazadas sus pretensiones de presentarse en un distrito como candidato ministerial. A esto llama él, sin duda, pertenecer al cuerpo diplomático y ser temible a los gobiernos.
—¡Evidentemente!
—¡Ja, ja, ja!
—¡Ja, ja, ja!—repitió a regañadientes don Simón, creyendo saber ya demasiado y poniéndose en pie.
—¡Si hay cada gato en Madrid—díjole el ministro, levantándose también—, que se pierde de vista!... Y no lo digo precisamente por el joven Arturo, de quien, en honor de la verdad, nada sé que pueda afrentarle, aparte de ese afán que muestra siempre de darse una importancia que no tiene. Pero abundan otros pájaros de mucha cuenta, de los cuales hay que huir como de la peste.