Su excelencia soltó la carcajada.
—Luego ¿no es cierto?—exclamó don Simón—. Luego ¿no ha representado nunca a España en ninguna corte extranjera?
El ministro volvió a reírse con toda su alma.
Don Simón entonces soltó también su poco de carcajada; pero su risa era la del conejo. Después exclamó:
—Pero ¿es posible que con tal descaro se mienta?
—¡Si cabalmente lo que más gracia me hace en ese hombre—dijo al cabo S.E.—es su especial habilidad para mentir sin faltar por completo a la verdad!
—No comprendo ...
—¿A usted le ha dicho, quizá, que ha sido embajador?
—Poco menos ...; y que los gobiernos han combatido siempre en las urnas su candidatura, por el miedo que les inspiraba.
—¡Ja, ja, ja!