—¡Es el mismo diablo ese chico!—dijo sonriendo S.E.

—Luego ¿le conoce usted?

—¿Y quién no le conoce en Madrid?... Digo, en el supuesto de que sea el que yo creo, como me lo dan a entender el periódico, el estilo de los sueltos y sus frecuentes paseos con usted en el salón de conferencias.

—¿Luego usted alude ...?

—Al insigne Arturo Marañas.

—En efecto, le conozco, pero superficialmente ...; quiero decir, que no hay entre nosotros ...

—Por supuesto, amigo mío. ¿Cómo había yo de creer que había otro género de tratos entre un hombre como usted y una persona semejante?

—Pues yo le creía un ... medio personaje—replicó don Simón, disimulando el mal efecto que le causaron las últimas palabras del ministro, que añadió:

—Hoy lo parecen todos, señor de los Peñascales.

—Y aun jurara—insistió éste—que le había oído decir que pertenecía al cuerpo diplomático.