Demasiado conocía el Ministro que semejante proposición era un modo, como otro cualquiera, de ocultarle don Simón que le había convencido la promesa del título nobiliario. Así es que, accediendo con gusto a su petición, le dijo después, para obligarle más:
—Una sola cosa debo añadir a usted, por remate de nuestra conversación; y es que el Gobierno, gracias al concurso de hombres tan importantes como usted, está asegurado para mucho tiempo, y que mientras viva, ese papel ha de merecerle una protección decidida.
—Mi apoyo—repuso don Simón, más blando que un guante—no ha de faltarle mientras yo le vea dispuesto a velar por los intereses del país.
—Mañana le daré a usted otra prueba más de que el bien del país es su único afán ...
—¿Mañana, dice usted?
—En el supuesto de que apoye usted su proposición ese día, como asegura hoy El Ariete.... Y a propósito: tiene usted buenos amigos en la Prensa.
Don Simón, que no había leído todavía la noticia que le citaba el Ministro, rindió en el fondo de su corazón un nuevo tributo de gratitud al incansable celo del diplomático, y respondió:
—Favor inmerecido que me dispensan.
—Justicia que se le hace a usted, amigo mío. Y aun me atrevería a asegurar a quién se la debe.
—¿De veras?—preguntó don Simón con ansiedad, creyendo llegada la ocasión de saber lo que deseaba acerca del joven Arturo.