—Debe usted considerar, además, que el tomar ese papel será un acto eminentemente patriótico, atendidas las circunstancias extraordinarias que obligan al Gobierno a crearle.

—Sin duda alguna; pero ...—respondió don Simón, sin dar más lumbres.

—Tan patriótico—añadió el Ministro—, que, teniéndolo en cuenta el Gobierno, ha resuelto ..., ¡y esto sí que ha de ocultarlo usted hasta de su propia sombra!

—Por de contado—dijo don Simón, sintiendo excitada su curiosidad—. Y ¿qué es lo que ha resuelto?

—Distinguir de una manera honrosa a los seis mayores suscriptores.

—Y ¿cuál es esa manera?—preguntó don Simón entonces, cegado ya por la vanidad.

—Se trata—respondió el Ministro, hablando muy bajo y mirando alrededor, como si temiera ser oído—de repartir entre los seis citados suscriptores cuatro títulos nobiliarios y dos grandes cruces.... Y ésta es otra de las razones que yo he tenido, por encargo de mis colegas, y aun de S.M., para hablar a usted antes que a nadie; pues nos consta que el empréstito va a tener muchos golosos, y nosotros deseamos que sus ventajas recaigan en hombres tan dignos de ellas como usted.

Mucho amaba don Simón a su caudal; pero no hasta el punto de no ser capaz de sacrificar una gran parte de él a cambio de una corona para sus membretes y carruajes, y de un pergamino que le elevase al nivel de la más encopetada aristocracia. No podía el Ministro, por consiguiente, haberle puesto un cebo más estimulante. ¿Lo sabía S.E.? Yo no lo diré, aunque bien pudiera. Lo que me cumple consignar es que a don Simón se le llenó la boca de agua; le palpitó el corazón con inusitada violencia; le temblaron las piernas, y, como por encanto, le desaparecieron aquellos reparos que antes le impedían ver en la compra del papel un negocio ventajoso. ¿Por qué había de bajar el papel y no subir? Y si bajaba, ¿qué valdría toda la pérdida? Y de todas maneras, ¿cómo desairaba él a S. M. que, por lo visto, tenía empeño en ennoblecerle?

Todo esto y mucho más se le ocurrió a don Simón en un solo instante; y de tal modo influyó en su ánimo, que sólo le tuvo para decir al Ministro, con mucho miedo de parecer demasiado exigente:

—Si usted me permitiera meditar un poco sobre el particular ..., aplazar mi respuesta hasta dentro de unos días ...