—Si usted se explicara ...
—¿Cree usted, alma de Dios—continuó el Ministro exagerando el tono declamatorio de su discurso—, que un papel que se emite a setenta con un interés de veinte, no subirá otros veinte ..., diez, siquiera, al siguiente día de cubierto el empréstito ..., al abrirse éste quizá? Pues vende usted en el acto, y de este modo hace usted en un par de días el negocio del siglo.
—Sí: eso es el a b c del oficio—dijo don Simón con un poquillo de desdén—; pero ¿y si en vez de subir baja?
—Amigo, ¡si se cae el cielo!... Pero ¿cómo ha de bajar un papel semejante en cuatro días?
No era don Simón tan tirolés en negocios como en política; por lo cual estuvo largo rato defendiéndose de los desinteresados apremios del Ministro.
Pero la verdad es que le halagaba no poco la consideración de que, si bien se corrían riesgos al tomar un papel tan barato y de tan pingües rendimientos, en cambio, si lle gaba a mantenerse firme, se hacía el negocio más bonito que pudiera imaginarse. Y como tanto le empujaba el estímulo como le detenía el temor, faltábale energía para adoptar una resolución terminante.
En estas dudas le sorprendió S. E., que leía en su cara como en un libro abierto.
—¿Conque resueltamente no se anima usted?—le dijo, en su afán de obligarle más y más.
—El caso es arduo—respondió don Simón mirándose las puntas de los pies.
Conociendo S. E. que por aquel camino no llegaba al fin que se proponía, se resolvió a echar por el atajo, y, en consecuencia, se expresó así: