—Quiero decirte que sin tanto trabajo como el que aquí tenemos, podíamos hacer más ..., pinto el caso, en otra parte.

—¡Conque en otra parte!... Y ¿cómo? ¿Se te figura a ti que estos cuatro cachivaches que uno tiene en casa van a producir más en otro lado, donde haya que pagar la tienda y hasta el agua que uno beba?

—Claro que no. Pero decía yo que si con esto que ya tenemos y, pinto el caso, un estanco que te sacara el general ... en la villa....

—Aguárdate un poco—dijo Simón, fascinado de repente con la indicación de su mujer—. No había dado yo en lo del estanco.

—Y de este modo—continuó Juana, explotando aquella favorable actitud de su marido—podríamos enseñar algo a la niña para el día de mañana, si la suerte quiere favorecerla con un buen acomodo.... Porque aquí, ya ves tú que nada bueno puede aprender.

—¡Que estamos conformes, mujer!... Pero....

Y Simón se rascaba la cabeza y fruncía la boca.

En esto entró el señor cura, venerable viejecito, a comprar dos cuartos de hilo negro para recoserse la sotana.

—Más a tiempo no podía usted llegar, señor don Justo—le dijo Simón.

—Pues ¿que ocurre?—preguntó el cura.