—Algo muy serio para nosotros—respondió Simón ingenuamente.
—Que no le importa un rábano a nadie de fuera de esta casa—saltó Juana con acento brusco, temiendo que la intrusión de un tercero pudiera torcer la marcha de aquel asunto que tan a su gusto caminaba.
—Pues quedaos con Dios—dijo el señor cura, que ya conocía el humor de Juana, disponiéndose a salir de la tienda.
—Poco a poco, señor don Justo, y usted perdone—dijo Simón deteniéndole—, que para estas ocasiones son los consejos de los hombres de saber.
—Pues aconséjate de tu mujer—repuso el cura—, que parece no necesitar consejos de nadie.
—Mi mujer, que quiera que no, tomará el que usted le dé—añadió Simón mirando con firmeza a Juana.
Hizo ésta un gesto de desagrado, y continuó su marido:
—Es el caso, señor cura, que quisiéramos trasladarnos a la villa con la tienda y algo más que pudiéramos añadirla.
—Si ese es vuestro gusto—dijo el cura,—¿quién os lo ha de impedir?
—No se trata de eso, sino del temor que yo tengo de que cambiemos, como el topo, y usted perdone la comparanza, los ojos por el rabo.