—Pues si temes eso, ¿por qué te quieres mover de aquí?
—Es que, por otra parte, parece que nos conviene ir a la villa.
—Pues entonces id benditos de Dios.
—No me explico bien, señor don Justo.
—Pues explícate mejor.
—Voy a hacerlo sin rodeos. A usted ¿qué le parece? ¿Nos conviene o no nos conviene salir de aquí?
—Antes de responder a esa pregunta, necesito que tú me respondas a otra.
—A cuantas usted quiera, señor cura.
—Pregunto, pues: ¿es sólo el deseo de acrecentar vuestras ganancias, extendiendo el comercio y la parroquia, lo que os mueve a abandonar este pacífico rincón, o hay en vosotros alguna otra ambición de distinto género?
Al sentir esta estocada al pecho, Simón miró a Juana, Juana miró a Simón; y el se ñor cura, mirando al uno y a la otra, adivinó lo que, al cabo de un rato y después de sonreír y vacilar mucho, contestó Simón en estas palabras: