—¿Que te pegó Cristina la del Cojo, hija mía?—dijo Juana, único intérprete capaz de traducir al castellano aquellas palabras, dichas por la media lengua de la inocente—. ¿Y por qué te pego, ángel de Dios?

—Hi ... hiii.... Polque telía tugal tomigo, y yo ..., hi, hiii ..., no telía tugal ton ella, y ... y ... y la llamé piojosa.

—¡Hiciste bien en llamárselo, hija mía! ¿Quién es ella para ponerse a jugar contigo?—exclamó, en un sincero arranque de soberbia, la mujer de Simón—. Y si después de esto no saca tu padre al suyo los ojos, o el dinero que le debe, te digo que no tendrá sangre ni vergüenza. ¡Miserables! ¡Tras de que si no fuera por uno, se morirían de hambre!... ¡Y todavía hemos de andar aquí en contemplaciones, pedriques y gazmoñerías, para hacer lo que nos dé la gana de nuestra hacienda! |Ah, si yo tuviera los calzones!...

Disponíase a responder Simón a Juana desde la puerta, contra la cual estaba recostado, mirando a la calle, cuando salió botando, de hacia la cocina, un perrazo de áspero y sucio pelaje, con una morcilla chorreando caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta como una exhalación; pero viéndola ocupada por el amo, saltó sobre el mostrador, sin duda para que le sirviera de trampolín; y derribando y haciendo añicos media docena de vasos y una botella, cruzó el espacio como un cohete; pasó, sin tocar, sobre la cabeza de Simón; cayó en la calle, sin soltar la morcilla, por supuesto, y desapareció en la calleja inmediata.

—¡El perro del sacristán!—gritó Simón al verle, disponiéndose a coger una tranca.

Pero todo fue inútil: la aparición del animal, el desastre del mostrador, el salto sobre Simón y el desaparecer en la plaza, fué obra de un solo instante.

Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar los destrozos causados por el perro ladrón.

—¡Y esto es de todos los días!—gritaba fuera de sí.

—Yo te aseguro—gruñía Simón—que he de hacer pagar caro a su amo este estropicio.

—¡Sí!—decía Juana—; como la media libra de tocino que te robó de entre las manos el otro día ese mismo demonio de animal! ¡Como el pollo que me sacó de la tartera antes de ayer el gato del enterrador! ¡Como el grano que se zamparon ayer en el desván las gallinas del vecino! ¡Como tantas otras cosas que se nos van por arte del demonio!