Y como todo lo convertía al punto en substancia aquella impetuosa mujer,
—¡Cuando te digo—concluyó—que no se puede vivir en este pueblo!, ¡que nos han de dejar en él sin camisa y sin salud!
—La verdad es—refunfuñó Simón—que se le acaba a uno la paciencia para bregar con esta gente.
—Eso te estoy predicando yo todos los días, y no me haces maldito el caso.
—Más de lo que a ti se te figura.
—Poco se te conoce.
—Porque me gusta más hablar a tiempo que hablar mucho.
—Pues ¿a qué esperas, alma de hielo?
—A que me saque el general el estanco en la villa, que voy a pedirle hoy mismo.
—¡Acabaras, con dos mil demonios!—exclamó Juana en un desahogo de insensata alegría.