—Oiga usté, sió pendón—respondió un caldista, asaz mugriento y desengañado—, ¿piensa usté que, aunque pobres, vivimos aquí de estafar a inocentes, como hace algún señorón que yo me sé?
—¡Al orden, señores!—gritó el presidente deseando torcer el sesgo peligroso que tomaba el debate.
—Yo no sé cómo piensan en esto mis cólegas—objetó Simón, afectando desdén hacia las palabras del propietario—; pero sé cómo pienso yo, y por eso he dicho lo que dije; y ahora añado que siempre somos la carne de pescuezo en este pueblo, los pobres artistas; que lo bueno, lo cómodo y lo de lustre, allá se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta con nosotros ni para un triste saludo de cortesía, porque lo tienen a menos; pero cuando se trata de sacar dinero ... (Protestas de arriba), se nos busca y se nos mima. (Aplausos abajo.) Y esto es insufrible, inominioso para nosotros; y yo reniego ya hasta del día en que puse los pies en la geografía de este pueblo.
—¡Señor Cerojo, señor Cerojo!—gritó el presidente sin poderse contener por más tiempo—, esas palabras son indignas de este sitio y de esta concurrencia, y yo espero que usted las retirará espontáneamente.
—Yo no tengo nada que retirar más que a mi persona, que voy a retirarla de aquí ahora mismo.
—No será sin que antes le demuestre yo, con una prueba sencillísima, todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente que ha sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender la muy diferente y digna que han observado otros señores comerciantes que se hallan aquí presentes.
—Es que a esos señores no se les ha pedido nada.
—Eso es lo que usted no sabe.... ¡Señores, para que se comprenda toda la intemperancia del señor Cerojo y sus amigos, baste saber que de la base que tanto le ha sulfurado, no se ha leído más que la mitad! (Atención general.) La otra mitad dice así: «... y otro recargo de tres por ciento sobre la clavazón y quincalla (Protestas de los quincalleros), paños del reino.... (Enérgicos rumores entre los pañeros), y otros artículos de vestir y calzar.» (Alaridos en varias partes del salón.)
—¡Ahora no soy yo el intemperante, señor presidente!—vociferó Simón, dominando con dificultad el tumulto que empezaba a reinar en la sala.
—¡Orrrdeeen, señores!—gritó el presidente.