—Oye, tú—dijo al oído de la anterior, abriendo mucho los ojos y enarcando las cejas, una pequeñuela, muy nerviosa y asombradiza—. ¡Si traerá la navaja!
—¿Qué navaja?—preguntó la delgadita, no muy segura de su valor.
—Una muy grandona que tenía en la mano el otro día, a la puerta de su casa.
—¿Y qué nos haría con ella, tú?...
—¡Madre de Dios!... Como estamos aquí solas y en medio de este bosque...
—¿Quieres que nos vayamos a casa?...
— ¡Para ella estaba!—dijo con desenvoltura una mayorzuela que había oído estas observaciones—. ¡Miedosas, más que miedosas!...
—¡Pues juega tú con ella si no!
—¡Como no juegue yo con ese pendón!... Primero iba y se lo decía a mi papá.
—¿Vamos a buscar el perro que tenemos nosotros en la huerta, y a hinchársele aquí mismo?—propuso la miedosa.