—¿Y si se la come toda?

—Que se la coma. Mi papá es alcalde ...

—Sí; pero eso lo castiga Dios ..., y puede que nos caiga algo malo.

—Pues ¿qué hacemos si no?

—Vámonos a aquel rincón, a ver si se queda aquí sola y después se marcha.

Y esto dicho, las vanidosillas fueron desfilando lentamente y mirando hacia atrás con el rabillo del ojo; llegaron a un ángulo de la alameda, y allí se acurrucaron en el suelo, formando estrecho y apretado círculo.

A todo esto, la pobre desdeñada niña, que había estado observando a las otras durante su breve diálogo, mirando de reojo y mordiéndose las uñas, cuando las vió sentadas se dirigió hacia ellas paso a paso, con la cabeza gacha; y al estar a media vara de las desdeñosas, se dejó caer al suelo lentamente y se puso a deshojar las florecillas del césped, sin arrancarlas, flechando ojeadas de través de vez en cuando al grupo, y sorbiendo muy recio el aire con las narices.

—¡Hija, qué peste de chica!—exclamó impaciente la mayorzuela al verla a su lado otra vez—. ¡Ni aunque fuera de engrudo!

—¡Así ella se pega!—observó la más cachazuda.

—¡Si el otro día la vi yo limpiarse las narices con la enagua!—dijo muy admirada la delgadita, sonándose las suyas con los dedos.