—Pu ... pu ... pues yo—concluyó la sexta, que era bastante tartamuda—ta ... ta ... ta ... tamién....
Oír esto y soltar la carcajada la niña, hasta entonces taciturna y desdeñada, fué una misma cosa.
—¡Y se chancea!—exclamaron admiradas las otras.
—¡Ta ... ta ... ta!—repetía entre carcajada y carcajada la burlona.
—¡El demonio de la ...!
—¡El diantre de ...!
—¡Miren si ...! ¡Atreverse a burlarse de una niña fina!
—Y sí; y me río. ¿Y qué? «Ta ... ta ... ta....»
—Ahora mismo voy a decírselo a mi papá—exclamó la que nos dijo ser hija del juez.
—Y dile de paso que pague los doscien tos reales que debe a mi padre—replicó con desgarro la amenazada.