—¡Ay, qué atrevida!

—Déjate, que yo traeré el perro—dijo la nerviosa.

—¡Fachenda traerás tú! Y no tendrás tanta cuando le ajusten las cuentas a tu padre en el Ayuntamiento.

—¡Ay, qué bribona!

—¡Chismosas!

—¡Pegotona, aceitera!

—¡Hambronas! ¡Tramposas, más que tramposas!

—¡Aldeana! ¡Tarasca!

—¡Golosas! ¡Relambidas!

—Ta ... ta ... ta ... tab ... tabernera!—logró decir la tartamuda, después de un esfuerzo desesperado.