Entonces se fijó Simón en la niña; y olvidando por un momento sus disgustos, corrió también hacia ella.
—¿Te has caído?—la preguntó con cariñoso anhelo—. ¿Te han pegado? ¿Por qué sangras?... ¡Habla, hija mía, por Dios!...
La niña, después de sollozar un rato, refirió, punto por punto, cuanto la había ocurrido.
--- ¡Conque la hija del juez, y la del indianete, y la del alcalde—exclamó Simón en seguida, con rencoroso acento—son las que más te han injuriado, porque tenían a menos jugar contigo!... ¡Las hijas de esos personajes que me adulan y me soban cuando ne cesitan un par de duros para comer aquel día, o media docena de onzas para apuntarlas a una carta, o pagar una trampa que podría ponerlos en vergüenza ..., si alguna les queda!... ¡Pero yo les juro que, por poca que ella sea, he de sacársela a la cara ..., y a algunos más también!
Juana, maldiciendo a su vez de todos y de todo, comenzó a lavar con agua fresca la herida de su hija, que, por cierto, era insignificante.
Y tranquilo ya sobre este punto, Simón refirió a su mujer cuanto había ocurrido en la junta que acababa de celebrarse en la Casa de Ayuntamiento recargando un poquillo los colores, a fin de que resultasen más justificado su enojo y de más efecto sus discursos, que repitió al pie de la letra.
—¿Y qué piensas hacer después de tanto desengaño como vas sufriendo y de tanto disgusto como vamos llevando de estos niquitrefes de levita?—preguntó Juana, que no desperdiciaba ocasión de hablar de su pleito.
—¿Qué pienso hacer?—dijo Simón con su poquito de rescoldo—. Lo que estoy pensando tres años hace, desde que conocí que en esta recua siempre había de tocarme ir a la cola; lo que hubiera hecho entonces a tener el remedio entre las manos, como le tengo hoy: sacar a más de cuatro fachendosos a la vergüenza pública, y largarme en seguida con la música a otra parte.
Juana vio el cielo abierto.
—¡Lo mismo que yo te he dicho tantas veces!—exclamó, retozándole la alegría en el semblante—. ¿Qué necesidad tenemos nosotros de sufrir lo que aquí estamos sufriendo? Con lo que ya conocemos este trato, ¿cuánto no podríamos ganar estableciéndole en la ciudad?