—¡No, Juana, no!... ¡Basta de taberna! Si con ella entráramos en la ciudad, taberneros seríamos hasta el fin de los siglos. Y si con ser taberneros, aunque ricos, nos conformáramos, yo no saldría de esta villa, donde he ganado en cuatro años una riqueza, y podría ganarla mayor en poco más. Pero hay una noble ambición que manda en ti y en mí con mayor fuerza que los tres ochavos de una buena ganancia; y esa ambición está reñida con las manos manchadas de vino tinto y con las ropas que huelen a anisado. Así, pues, ya que las alas me lo permiten, saldremos de aquí volando por alto, para que en la ciudad se vea cómo caemos, pero no de dónde venimos. Este es el modo; que, según yo llevo observado, desde nada a bastante están los ascos y los reparos; desde bastante para arriba, ya todos somos iguales, y todo nos está bien.... Nosotros tenemos lo bastante: ¿quién será capaz de probar que no tenemos hasta de sobra? No sé lo que diría a esto el cura de mi pueblo; pero llevo corrido ya mucho mundo y tratados mu chos hombres, y a mi experiencia me agarro.
Lo que Simón ignoraba con respecto al señor cura, lo sabemos nosotros. Cuando alguno de sus feligreses le decía:
—¿Sabe usted, don Justo, que Simón se va saliendo con la suya?..., ¿que ya es hombre rico?
—No lo dudo—contestaba el santo varón—. Pero ¿le dan más importancia?..., ¿es más feliz que aquí? Este es el problema.
CAPÍTULO VI
Para volver a encontrar al protagonista de esta verídica historia, no nos bastaría ya la luz del candil de su taberna. Tal se ha borrado la huella de sus pasos en los quince años que van corridos (y perdonen ustedes el modo de señalar) desde que le oímos hablar lo que fielmente consta al final del capítulo anterior.