Sin fijarse don Simón en la indirecta de don Celso, púsose a sus órdenes; dejaron todos la senda que llevaban, y se encaminaron hacia la casa del Mayorazgo, que estaba en lo más escondido del pueblo. Salió a abrirles la puerta del corral un muchacho muy sucio, que se asustó al ver tanto caballero; y entre limpiarse los mocos con una mano y rascarse las nalgas con la otra, les dijo de mala gana que su padre estaba en el cierro.
Dióle las señas de éste como pudo; y los expedicionarios tuvieron que desandar parte de lo andado, trepar por un escarpado, y subir a la meseta de una montaña, donde hallaron al Mayorazgo presidiendo la roturación de un gran terreno que acababa de adquirir en aquellas alturas. Era hombre joven todavía y de rostro desengañado. No mostró gran curiosidad al verse acometido por el pequeño escuadrón. Limitóse a con testar fríamente al caluroso saludo que le dirigió don Celso en nombre de los demás, y especialmente de don Simón, a quien presentó al impávido, diciendo:
—El señor es nuestro candidato, don Simón de los Peñascales; persona ilustrada, con treinta mil duros de renta y mucho talento. Viene exprofeso a dar a usted las gracias por el apoyo que ha de prestarle en las elecciones, mientras tiene ocasión de pagarle su atención de otra manera.
—Para servir a usted—dijo lacónicamente el Mayorazgo, mirando hacia el presentado.
—Muy señor mío—respondió don Simón, descubriéndose la cabeza y tendiendo su diestra al del cierro—. ¿Está usted bueno?
—Yo bien, gracias a Dios—dijo el Mayorazgo sin hacer un gesto.
—¿Usted fuma?—le preguntó el candidato sacando la petaca.
—Algunas veces, si el tabaco es bueno—respondió el otro.
—Pues ahí va uno de la Vuelta de Abajo.
—Se estima—refunfuñó el obsequiado mordiendo la punta.