—Y ¿qué tal andamos por acá?—preguntóle el candidato, deseando arrancar siquiera un gesto de interés a aquel pedazo de bárbaro.

—Pues ... allá veremos—contestó éste, gastando media caja de fósforos en encender el puro al aire libre.

—Eso no hay que preguntarlo, don Simón—observó Lépero—, que de cuenta del señor corre dejar a usted satisfecho.

—Pues en ese caso—repuso don Simón comprendiendo a don Celso—, y toda vez que nos falta mucho que andar hoy todavía, ya que he tenido el gusto de conocer al señor, sólo me resta ofrecerme a sus órdenes para cuanto desee, ahora y siempre.

—Lo mismo digo—murmuró el Mayorazgo, tocando apenas con una mano la que le tendió don Simón, y volviendo a mirar a sus cavadores.

Cuando la cabalgata se alejó de allí, don Simón no pudo menos de decir a don Celso, con desencanto:

—Si éste es de los que me apoyan en el distrito, ¿cómo serán los que me combaten? ¿Qué puedo prometerme de los dudosos?

—No haga usted caso de palabras ni de semblantes, señor don Simón—respondió don Celso—. Ese hombre, como usted le ve, donde pone la intención mete la cabeza. Esté usted seguro de que en este Ayuntamiento han de votarle a usted hasta los difuntos. ¡Algo más duro de pelar es el otro mozo que vamos a visitar en seguida, en ese pueblo que se ve a la derecha! Es hombre que no da nunca el brazo a torcer, ni se decide hasta el último momento.... Y a propósito: ¿tiene usted alguna buena recomendación para la Audiencia del territorio?

—Absolutamente ninguna.

—¿No conoce usted a nadie que conozca a alguno de los magistrados?