—¡Bravo! ¡Bravo!—gritó a coro su estado mayor.
—¡Ya, ya!—gruñó por cuarta vez el tabernero, sacando una mano del bolsillo para rascarse el cogote sin quitarse el sombrero.
—¡Esto es hablar como un libro, don Jeromo!—exclamó Lépero—. ¡Que vaya este hombre a las Cortes; que vayan muchos como él, y España se pone camisa limpia!
—¡Ya, ya!... Pero ...—murmuró Cuarterola.
—Pero ... qué, ¡hombre de Dios! ¿Acabará usted de romper a hablar?—le dijo Lépero ya exasperado.
—Vamos a ver qué tiene que objetar el bueno de don Jeromo—añadió don Simón afablemente.
—Pues digo—repuso el tabernero perezosamente y con voz aguardentosa—que todo lo que usted dice está muy bien dicho ...
—En tal caso ...
—Sólo que—continuó don Zambombo—es lo mismo que me han dicho todos los candidatos que me han pedido el voto.
—Sin embargo ...—replicó don Simón algo resentido.