—Tiene usted que poner dos letras a aquella persona que saludó a su amigo de usted tres meses hace, y que es pariente de la cuñada de un amigo del regente.

—¡Pero don Celso!...

—¡Pero don Simón!...

—¡Si ni siquiera sé cómo se llama!

—¡Diablo!

—¡Ni dónde reside!

—¡Demonio!... Pero no importa. Antes al contrario, es mejor así.

—¿Cómo que no importa?

—Lo dicho. Escriba usted a Juan Pérez o a Luis Fernández, y háblele como si realmente existiera.

—¡Don Celso!... Y ¿he de firmar yo una superchería semejante?