—¡Eso digo yo!—suspiró don Zambombo, bamboleando de un hombro a otro su monstruosa cabeza.
—Pues, amigo mío—dijo don Celso—, jamás hallará usted mejor ocasión que ésta para salir airoso en su empeño. Cabalmente tiene usted delante al mejor amigo del regente de la Audiencia.
Al oír esto, don Zambombo abrió los ojos cuanto se lo permitía la carne de los párpados, y clavó la mirada en don Simón.
Este se quedó como quien ve visiones. Y no era extraño.
—Pero, don Celso—dijo sin poderse contener—, ¿cómo es eso?...
—En efecto—repuso Lépero atajándole—: no es el mismo regente a quien usted conoce, sino a la persona que más le domina.
—Repare usted, don Celso ...
—Nada, nada, amigo don Jeromo—continuó Lépero desentendiéndose de los escrúpulos del candidato ...—Y advierta usted que esto no va como favor, ni mucho menos. Es usted un amigo a quien aprecio muchos años hace, y esto nos basta al señor don Simón y a mí para prestarle de buena gana este ligerísimo servicio. Conque traiga usted papel y tintero, que vamos a escribir una carta, que puede ser la fortuna de usted.
Como nada perdía en ello el tabernero, movióse perezosamente para complacer a don Celso.
Entretanto, dijo éste a don Simón: