Te anticipo las gracias, y espero que esta vez, como otras muchas, valga, en cuanto deseo, la recomendación de tu afectísimo amigo y pariente,

SIMÓN DE LOS PEÑASCALES.»

—¡Esto es infame!—dijo don Simón por lo bajo, al cerrar la carta.

—Pero muy conveniente—le contestó don Celso, echando polvos en el sobrescrito.

En seguida se la puso en la mano al tabernero, que se quedó mirándola, como distraído, y dándole vueltas.

—Repito—le dijo don Celso, un tanto quemado con aquella actitud—que esta carta no es un favor que queremos vender a us ted.... La hemos escrito porque ..., porque nos ha dado la gana; y nosotros somos así.

—¡Ya, ya!... Pero....

—Pero ¿qué?...

—Que sin sello no correrá ..., me parece a mí.

—Verdad es—dijo don Celso riéndose—. Me olvidaba de que esto es también estanco donde se venden los sellos de franqueo. Traiga usted uno por nuestra cuenta.