Obedeció Cuarterola. Volvió con el sello; pególe a la carta Lépero, y al devolvérsela al tabernero, le dijo:
—Ahora veamos cuánto se le debe a usted por todo.
Quedóse el botarga mordiendo la carta por un pico y murmurando:
—Dos del papel, y cuatro y medio del sello ..., siete ...; siete ..., y por la tinta.... Por la tinta, nada. Y luego, el vino: dos azumbres a siete ...
Pero enredándose en estos líos muchas veces, fué al mostrador; llenóle con la tiza de números como la palma de la mano; los borró dos veces con saliva y la manga del chaquetón; escribiólos de nuevo, y al fin volvió a la mesa, diciendo en seco:
—Tres pesetas, con la estaca.
La estaca era, lector, el estar los caballos amarrados afuera, aunque sin haber roído un mal grano, ni haber hecho un céntimo de gasto ni de desperfecto.
Echó don Simón un duro sobre la mesa.
—Quédese usted con la vuelta—dijo don Celso, que mandaba hasta en los deseos del candidato.
Guardó el avaro la moneda; pero no dijo una palabra.