—Conque, en resumen, don Jeromo—concluyó Lépero, poniéndose de pie, en lo que le imitaron los demás de la partida—: quedamos en que, en igualdad de circunstancias, preferirá usted nuestra candidatura a las otras dos, y en que probablemente la votará usted con toda su gente.

—¡Ya, ya!—respondió con su muletilla de costumbre el tabernero.

—¡Si usted tuviera la bondad de ser un poco más franco!—se atrevió a decirle don Simón.

—¡Pssée!—refunfuñó don Zambombo—. ¡Como tampoco ustedes lo son!...

—¿Cómo que no?

—Es la verdad. Y si no, a verlo vamos. Yo me comprometo a votarle a usted con todos mis amigos ...

—Muchas gracias, señor don Jeromo.

—Con tal de que usted se comprometa a otra cosa.

—Nada más justo, señor de Cuarterola. ¿Ve usted cómo al cabo nos vamos entendiendo?

—Ahora lo veremos. Lo que yo quiero es que se haga en todo este año una carrete ra desde esta misma puerta al camino real, que no va muy lejos de aquí.