—Nada más justo, señor don Jeromo; y desde luego me comprometo, si llego a ser diputado, a hacer cuanto pueda por conseguirlo ..., y lo conseguiré, de seguro.

—¿Lo ve usted? Pues esto me van diciendo todos los diputados que me han pedido el voto de diez años a esta parte.

—¡Ya! Promesas vanas.

—Como las de usted.

—¡Hágame usted más favor, señor mío, que yo soy una persona de formalidad!

—Que el día en que sea diputado tendrá cien mil cosas en qué ocuparse, más formales que este pobre camino.

—Cuando yo doy una palabra ...

—Mire usted, señor don Simón: el camino costará, según presupuesto que se ha hecho, sobre tres mil duros. Deposite usted esa cantidad donde mejor le parezca y con condición de que se ha de emplear en esa obra, y yo le doy a usted la votación de todo el ayuntamiento ..., y algo más.

—Eso es desconfiar de mí; y sobre todo, yo no puedo pagar tan cara mi elección.

—¿No me ha dicho usted que está seguro de que el camino se hará si yo le voto?