—Si llego a ser diputado.
—Que es lo mismo, según yo voy observando. Pues bueno. El día en que el Gobierno, o la provincia ..., o el demonio, haga el camino, recoge usted su depósito ... y en paz.
—Se pensará, señor don Jeromo, se pensará—dijo don Celso cortando aquel diálogo, con el cual se iba amoscando algo el inexperto don Simón, y con el fin de no desahuciar por completo al tabernero.
—Pues aquí estoy siempre a sus órdenes—concluyó éste—, con la condición que he dicho. Si conviene, bueno; y si no, tan amigos como siempre.
—Esa es la fija, y hasta la primera—contestó don Celso montando a caballo.
—Quede usted con Dios, buen hombre—añadió el candidato, montando también, abrochándose las solapas y poniéndose los guantes, señal de que nada se prometía ya del brillo de sus alhajas para mover el ánimo de aquel pedazo de bruto, con costras de taimado ... y de sebo....
Cabalgaron también los otros cinco auxiliares; y bajando callejones, y resbalando sobre lastras, y vadeando regatos, salieron a una senda que se llamaba camino real, por el que continuaron su marcha a obscuras; porque es de advertir que había anochecido una hora antes, y además caía una lluvia menudita que enfriaba hasta los huesos.