En esto apareció en el ancho soportal, con otro farol en la mano, una especie de fantasma envuelto en un largo ropón, y cubierta la cabeza con una gorra de pieles. Al ver al aparecido los acompañantes de don Simón, corrieron a él; y con el acento del más afectuoso interés, dijeron a una:
—¡Señor don Recaredo!...
Mirólos éste despacio, arrimando el farol a la cara de cada uno; y cuando los hubo conocido,
—¡Tanto bueno por acá!—exclamó—. Ya me esperaba yo la visita.
—¿Se la han anunciado a usted, acaso?
—¿Qué más anuncio que la proximidad de las elecciones?
—¡Je, je, je!... ¡Qué don Recaredo éste!
—¡Siempre el mismo!
—¡Qué célebre!
—Y a propósito de elecciones—dijo don Celso—: tengo el gusto de presentar a usted a nuestro.... ¡Calle! ¿Dónde está don Simón?