Tenía encargo especial de su estado mayor de saludar cortésmente a todo viandante que se cruzara con ellos, y así lo hacía el santo varón, por aquello de que «donde menos se piensa se adquiere un voto».

Una vez se le decía, al pasar junto a una choza miserable y solitaria:

—Es preciso que haga usted una visita a la persona que vive ahí.

—¡Pero si no la conozco, hombres de Dios, ni aunque la conociera valdría el trabajo de detenernos!—observaba don Simón, con repugnancia.

—Déjese usted de remilgos, don Simón, y considere que esta choza, entre padres, hijos y allegados, vale más de cinco votos.

¡Y allí tenían ustedes a todo un capitalista, cargado de oro y diamantes, apeándose entre puercos, terneros y mastines, descubriéndose humildísimo, dando la mano y preguntando por la señora y demás familia a un rústico destripaterrones, que olía a boñiga y aguardiente, y apenas se dignaba responder como sabía a tantas deferencias, no obstante haberle sido presentado el candidato con los títulos consabidos de «persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento!.

Otra vez se encontraban en el camino con un par de reses y su conductor.

—Es preciso—se le decía entonces—que pondere usted mucho y muy recio esos animales.

—¿Para qué?—preguntaba asombrado don Simón.

—Para que lo oiga el que va con ellos.