—¿Y qué tengo yo que ver con él?

—¡Friolera!... ¡Es un elector!

—¡Aunque sea el preste Juan de las Indias!... ¡Yo no hago esas tonterías!

—El que algo quiere, señor don Simón, algo tiene que sufrir.

—Ya, ya; ¡pero hay cosas!...

—¡Mire usted que cada uno de nosotros es viejo en el oficio, y cuando le aconsejamos algo, con su cuenta va!

Y el soplado personaje, que se sentía dominado por aquellos seis diablillos en cuanto se relacionara con su empresa electoral, no tenía más remedio que parar su caballo cuando se le acercaban los animales, fijarse en ellos, y comenzar a gritar como un energúmeno:

—¡Oh!... ¡Magníficos! ¡Qué gallardía! ¡Qué cuarto trasero! ¡Qué anchos! ¡Soberbia raza! ¿Son de usted, buen hombre?—preguntaba por remate al conductor.

—Para servir a usted—respondía el interrogado, con cara de recelo.

Acto continuo le asaltaban los caciques; y después de abrazarle y sobarle mucho,