—Tenemos el gusto—le decían—de presentarte a nuestro candidato, el señor don Simón de los Peñascales, «persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento».
—Muy señor mío—añadía don Simón, quitándose los guantes, abriendo las solapas y dando un cigarro al campesino, para lucir tres cosas de un golpe: su rumbo, su cadena y sus diamantes.
Tomaba el buen hombre el cigarro, sin hacer gran caso de lo demás; y mientras chupaba para encenderle, decía con mucha calma:
—De la que yo entendí a un señor tan prencipal como éste alabarme tanto las bestias, dije para mí: «¿por qué será?» ¡Mil demonios si me acordaba de la eliciones!
—Pues ya te las han recordado ...
—Como si callaran; que nosotros, los probes, vamos por onde nos llevan, ¡y gracias que así y todo!... Conque ¡ea!, se agradece el osequio y la alabanza, y hasta otra.
—¡Pero oye un momento!...
—No puede ser, que se me van las bestias, y temo que hagan alguna que me cueste los cuartos.
—¿Lo ven ustedes?—decía don Simón, muy amoscado, volviéndose hacia sus consejeros.
Pero éstos se le reían a las barbas por toda respuesta; y llevados del mejor deseo, y fundados en su experiencia, ni se arrepentían ni se enmendaban.