CAPÍTULO XIII
Si el objeto exclusivo de estas páginas fuera pintar los azares y fatigas de un candidato en vísperas de su elección, yo siguiera paso a paso al de mi historia en su peregrinación por el distrito; pero como son varios los asuntos que abarcan estos capítulos mal pergeñados, me limitaré a decir, en compendio y para gobierno del inexperto lector, que por dondequiera que iban nuestros expedicionarios, hallaban con frecuencia el terreno electoral rebelde a su cultivo, y el más propicio no pasaba del aspecto dudoso que ofrecía el del Mayorazgo. En todas partes aparecían huellas de la influencia moral del Gobierno. Aquí se había ofrecido un juzgado de primera instancia; allá, una carretera; en el otro pueblo, la aprobación de sus cuentas municipales, ¡que ya tenían que ver!; en el del otro lado, la tala de un monte, y en el de enfrente, el repartimiento, entre los vecinos, de ciertos terrenos de propios.
En vano don Simón saludaba hasta a los perros, y mostraba varas de cadena y adoquines de diamantes, y se desgañitaba don Celso para demostrar a las gentes reacias, con el recuerdo de otras muchas elecciones, que el poder oficial hace esas y otras muchas ofertas, y jamás las cumple aunque consiga su objeto. Los jefes de los diversos grupos electorales preferían ser engañados sirviendo al Gobierno, a ser servidos a medias por un charlatán con el desacreditado título de candidato independiente. En cuanto a las masas de electores, que eran los verdaderos árbitros de la contienda, nadie se cansaba en pedirles su parecer: irían como dóciles rebaños a depositar en las urnas una candidatura que se les entregaría cerrada; y ni más sabían ni más sabrán en los siglos de los siglos, aunque siglos dure, que lo dudo, esta comedia.
Siempre que la expedición hacía un alto, y muchas veces mientras caminaba, recontaba los votos seguros, añadía los recaudados últimamente, y acababa por formar un estado general, cercenando una tercera parte de los probables y añadiéndoselos al enemigo, para ponerse don Simón en el peor caso imaginable. El último cómputo que se hizo dejaba muy dudoso el éxito de la lucha; y tener duda en tales casos, equivale a una derrota segura.
Bajo esta triste impresión, y, además, molido, sucio, desgarrado y con la cara roja como un pimiento, volvió don Simón a su casa, ocho días después de haber salido de ella.
Para colmo de angustias, cuarenta y ocho horas más tarde supo por don Celso (que había quedado con sus cinco compañeros recorriendo el distrito, el cual no abandonarían hasta que votará el último elector; tenacidad incomprensible para todo el que no sepa con qué encarnizamiento se lucha en tales batallas), supo, repito, que el Mayorazgo se había pasado al enemigo con armas y bagajes, a cambio de no sé qué ensanche que la administración le permitía dar al cierro que conocemos; otra falange segura de votos se iba detrás de cierto cacique, seducido a última hora con la resolución favorable de un expediente escandaloso; don Recaredo decididamente no le votaba, y tres Ayuntamientos, hasta entonces seguros, habían pasado a la categoría de muy dudosos, merced a ciertas garantías de favores ofrecidas por el candidato ministerial. Y lo peor de todo era que sólo faltaban tres días para dar principio a la elección; y en tan corto plazo no podía conjurarse el conflicto, aunque don Simón echara la casa por la ventana.